Nacional · Análisis

La escuela que no se rinde: dirigir para que nadie pierda la esperanza

Un estudiante deja de levantar la mano. Sigue asistiendo, entrega algunas tareas, ocupa su lugar. Ningún reporte lo registra como ausente. Sin embargo, algo en él comienza a retirarse. Quizá dejó de confiar en sus capacidades, quizá carga una pérdida, quizá aprendió que sus preguntas incomodan. La pregunta para quien dirige una escuela es difícil: ¿tenemos una comunidad capaz de advertirlo antes de que su silencio se vuelva abandono?

Por Redacción ADEM · 24 de octubre de 2026 · 6 min de lectura

Las ponencias del Congreso de Pastoral Escolar y Universitaria ofrecen una respuesta que merece entrar en nuestras reuniones directivas. Desde perspectivas distintas, proponen recuperar la profundidad humana de educar: cultivar la interioridad, aprender el encuentro y construir paz mediante experiencias compartidas. Su raíz cristiana aporta una convicción exigente: cada persona posee una dignidad que reclama atención, incluso cuando sus resultados decepcionan o su conducta nos desborda.

Para un director, asumir esta mirada cambia el significado de gestionar. Cada horario, evaluación, reunión o protocolo configura una experiencia de convivencia. Una escuela enseña justicia cuando escucha antes de sancionar; enseña responsabilidad cuando repara el daño; enseña confianza cuando los adultos cumplen lo prometido. La cultura institucional se aprende observando qué sucede cuando aparecen el error, la diferencia y la fragilidad.

Roberto Pasolini introduce una idea decisiva: conocer el bien y desearlo son aprendizajes diferentes. Podemos explicar el valor de la generosidad y seguir organizando una vida escolar donde únicamente recibe reconocimiento quien sobresale individualmente. Podemos hablar de empatía mientras toleramos humillaciones presentadas como bromas. Educar requiere ofrecer experiencias que vuelvan deseables el cuidado, la paciencia y la cooperación. El servicio acompañado de reflexión puede transformar aquello que una explicación deja intacto.

Esto permite comprender la formación del carácter como una tarea cotidiana. La fortaleza crece cuando un alumno encuentra apoyo para afrontar una dificultad; la justicia, cuando participa en acuerdos claros; la prudencia, cuando aprende a detenerse y considerar consecuencias. Dirigir implica cuidar las condiciones donde esos hábitos pueden ejercitarse. También revisar nuestras propias reacciones: difícilmente enseñaremos serenidad si gobernamos desde la prisa permanente.

La interioridad ocupa aquí un lugar central. Frente a la dispersión, Pasolini y los autores chilenos Cristian Núñez-Durán y Mario Inzulza invitan a recuperar atención, profundidad y apertura. Sus enfoques tienen matices propios, pero convergen en vincular la vida interior con la relación con los demás. Para una escuela, esto puede traducirse en conversaciones donde sea posible preguntar por el sentido, leer sin interrupciones y reflexionar sobre lo vivido.

El desafío directivo consiste en volver accesibles esas experiencias. Hay estudiantes que carecen de un espacio tranquilo en casa y docentes cuya jornada apenas deja margen para pensar. Proteger tiempos de lectura, tutoría y conversación requiere decisiones organizativas. Una agenda saturada puede desplazar aquello que sostiene la formación. Conviene preguntarnos qué actividad podríamos retirar para que un encuentro importante ocurra con suficiente atención.

La paz exige una transformación semejante. Geoffrey Legrand muestra el valor educativo del diálogo y del reconocimiento de las diferencias. La experiencia libanesa presenta proyectos donde los jóvenes construyen ciudadanía actuando juntos. Edith González Bernal incorpora la memoria de las víctimas, la empatía y la restauración de los vínculos. Estas perspectivas desplazan la paz hacia el terreno de las prácticas: cómo hablamos, cómo participamos, cómo atendemos el sufrimiento.

En una comunidad educativa, esto reclama procedimientos confiables. Cuando ocurre una agresión, hay que proteger a quien la sufrió, esclarecer lo sucedido y establecer consecuencias y acciones de reparación. Invitar al diálogo exige reconocer las desigualdades de poder; proponer reconciliación requiere respetar los tiempos de las personas. La convivencia se fortalece cuando todos saben que pedir ayuda tendrá una respuesta respetuosa.

Ningún proyecto así puede descansar sobre docentes exhaustos. La alocución del cardenal José Tolentino de Mendonça destaca la presencia, la autenticidad y el servicio. Para un director, cuidar a quienes educan significa escuchar sus dificultades, ofrecer orientación y resolver obstáculos concretos. Un maestro acompañado dispone de mejores condiciones para acompañar. El liderazgo se vuelve fecundo cuando comparte responsabilidades y sostiene compromisos más allá del entusiasmo inicial.

Podemos comenzar esta semana con tres decisiones: identificar a los estudiantes que están quedando en los márgenes, revisar una práctica que debilite la confianza y proteger un tiempo de encuentro entre adultos y alumnos. Después habrá que observar, escuchar y ajustar. La esperanza adquiere credibilidad cuando encuentra responsables, continuidad y gestos verificables. Cada decisión necesita seguimiento: saber quién acompaña, cuándo volveremos a conversar y qué señales mostrarán que el estudiante vuelve a participar. Así, la atención deja de depender de la buena voluntad ocasional y se convierte en una responsabilidad compartida por toda la comunidad educativa.

Tal vez dentro de muchos años un antiguo estudiante recuerde poco de nuestros informes. Pero podrá recordar que alguien advirtió su silencio, sostuvo su dignidad y le ayudó a volver a confiar. Dirigir una escuela es hacerse responsable de que ese encuentro tenga posibilidades de suceder.

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